Gabriela Andersen
 

Corría el año 1984 y se celebraba en Los Ángeles la primera maratón femenina en unos Juegos Olímpicos.

La norteamericana Joan Benoit se hizo con el oro, pero aquella carrera pasaría a la historia por otra imagen, la vuelta al estadio olímpico protagonizada por la suiza Gabriela Andersen.

La atleta, de 39 años, era monitora de esquí y apasionada de las maratones, y pidió a la Federación Suiza su inclusión a última hora en el equipo olímpico.

Pero, acostumbrada a climas fríos, no le dio tiempo a aclimatarse. Las altas temperaturas de California y una humedad del 96% supusieron un auténtico tormento para ella. Además, se saltó sin querer uno de los puestos de agua y sufrió un calambre en la pierna izquierda.

Todas estas incidencias podrían haber terminado por hacer abandonar a cualquier atleta, pero Gabriela tenía una mentalidad férrea y una obsesión: cruzar a la meta.

Llegó al Estadio Olímpico con los brazos colgando y la gorra ladeada, víctima de un esfuerzo sobrehumano, deshidratada y desorientada. Los médicos quisieron atenderla y le pidieron que parara, pero ella se negó y quiso terminar la carrera, ante un público aplaudiendo en pie, en una última vuelta que quedará para siempre en el recuerdo.

Tras 2h48'45", Gabriela Andersen consiguió cruzar la meta y se desplomó.



Hay quien dice que debería haberse retirado antes, pues puso en riesgo su salud.
Pero quizá en la vida haya algo más importante que eso…

El esfuerzo de Gabriela, su constancia y su tesón, sirvieron de ejemplo a millones de personas. Cada uno de sus tambaleantes pasos dio a mucha gente un motivo de esperanza, un motivo para creer que, por duro que sea el camino, siempre podemos lograr llegar a la meta si tenemos fe en nosotros.

Gabriela Andersen, heroína de leyenda.
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  Peter Norman

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